En la penumbra de alcobas olvidadas,
tu aroma de vainilla se erige como incienso profano,
exhalación de paraísos perdidos que invade mis venas,
extrañeza de néctar prohibido que ahoga el alba en delirio,
donde el aire se congela en cristales de deseo insaciable.
La calidez de tu cuerpo desnudo, oh esfinge de carnes
ardientes,
se funde al mío como lava de infiernos subterráneos,
turgencia de senos que oprimen mi pecho en yugo voluptuoso,
extrañeza de brasas que queman sin piedad, forjando cadenas
de sudor y éxtasis en la fragua de nuestra carne entrelazada.
Humedad de tu vagina, fuente abisal que hidrata mis piernas,
ríos de ámbar oscuro que serpentean en laberintos genitales,
extrañeza de diluvios pecaminosos que inundan mis muslos,
donde el néctar se torna en dulce veneno, ahogando el alma
en oleadas de lujuria que claman por sumisión eterna.
Tus labios junto a los míos, torbellino de lenguas
insaciables,
danzan en remolinos de amor devorador, voraces como harpías,
extrañeza de besos que desgarran la carne con colmillos de pasión,
lenguas que flagelan y consuelan, tejiendo redes de fuego líquido,
donde el aliento se pierde en abismos de saliva y gemidos.
Mirar tus ojos de tristeza morbosa, pozos de amor espectral,
donde la melancolía se retuerce en espirales de ébano lacrimoso,
extrañeza de pupilas que devoran la luz, reflejos de sueños abiertas,
ojos que hipnotizan con promesas de muerte dulce y renacer lujurioso,
ventanas al vacío donde el alma se rinde en éxtasis doliente.
Acariciar tus piernas morenas con manos de escultor melancólico,
formando esculturas mentales de ébano vivo y palpitante,
extrañeza de curvas que se arquean bajo mi tacto dominador,
dedos que tallan relieves de éxtasis en piel de obsidiana,
grabando en tu carne las marcas invisibles de mi posesión.
Besar locamente tu espalda alada de ángel negro encadenado,
plumas de sombra que tiemblan bajo labios voraces y crueles,
extrañeza de alas caídas que se erizan en espasmos de placer,
donde cada roce es latigazo de miel envenenada, invocando tus placeres,
espalda que se ofrece en altar de lujuria, rendida al vuelo prohibido.
Y juntos, tú y yo, escalamos al clímax de nuestra
existencia,
en torbellino de sexo, lujuria y amor que rasga los cielos,
extrañeza de cumbres abismales donde el orgasmo es apocalipsis,
cuerpos convulsionados en sacrificio final, unidos en la nada,
donde el placer se torna eternidad de fuego y cenizas entrelazadas.
Así, tomados de la mano en grilletes de éxtasis compartido,
volamos en tus sueños de mariposa nocturna y atrapada,
extrañeza de alas de seda rasgadas por vientos de pasión oscura,
surcando cielos de pasión donde el amor es jaula dorada,
eternos en el vuelo errante, prisioneros de nuestra propia extrañeza.
