En el umbral donde el tiempo se dobla sobre sí mismo, entre
el aleteo de siglos que yacen dormidos, surge la elegía de tu transformación.
Eres tú, mariposa, cuyas alas se agitan en el rayo dorado del astro diurno, él
te reclama con sus caricias de oro líquido. Aún vistes las prendas civilizadas
—esa piel sintética que aprisiona tus frondosos senos, y ese algodón que oculta
la divinidad vaginal de tu mística de ser mujer— mientras tu mente, libre ya,
navega hacia el ocaso prometido.
Ya en un pasado de sacrificio, resuena como un mantra en el
éter el sueño vivo que has de disfrutar desnuda. Tú, montado sobre la serpiente
alada, disfrutando las caricias del roce entre tus piernas desciendes hacia el
pueblo del quinto sol, donde la raza de bronce y oro forja su destino entre el
humo del copal y el canto de los sonidos del silencio nocturno. Tu cuerpo,
todavía envuelto en las telas del mundo cotidiano, ya presenta el altar que
guarda: ese lecho sagrado donde la sumisión se convierte en libertad absoluta.
Y llega la noche.
El velo de misterio cae como un manto de estrellas. En el
templo del amor profano, donde las sombras bailan con las llamas de las teas,
te presentas ante el altar. Las serpientes de cuero —esas de colmillos imaginarios,
pero abrazo real— se enroscan en tus muñecas, en tus tobillos, tejiendo un patrón
de inmovilidad voluntaria. No son cadenas de esclavitud, sino puentes hacia tu
centro más profundo. Cada nudo es una afirmación de tu consentimiento, cada
tracción del cuero una promesa de liberación.
Ahí, en ese nicho mullido que huele a incienso y a sudor premonitorio,
te recuestas. Tu piel, finalmente desnuda ante la mirada nocturna, respira. El
sudor brota como rocío de jade, testimonio de la temperatura que crece en tu
interior. No necesitas moverte; tu quietud es tu don. Eres la ofrenda, el
templo, la sacerdotisa y la divinidad.
Y entonces yo emerge de las sombras, transformado en esa
serpiente viva que habita mi piel. Mi lengua como serpiente hambrienta:
exploradora, exigente y devota. Recorro el mapa sagrado de tu anatomía: cada
palma es una conquista, cada valle una revelación. Tu cuerpo se convierte en
paisaje: las colinas de tus senos, el valle de tu vientre, la selva vaginal.
Todo es territorio de adoración.
El letargo te envuelve, pero no es sueño: es trance. Es esa
muerte pequeña que precede a la resurrección del placer. Tus ojos cerrados ven
más que nunca: ven el pasado y el futuro fundiéndose en el presente eterno de
la entrega. Eres la mariposa que eligió no volar, sino ser sostenida; la
criatura alada que encontró en las ataduras su verdadera expansión.
Y cuando la serpiente penetra –no solo en carne, sino también
la mente y el alma, revive en ti, la memoria de vidas pasadas– el río comienza
a fluir. No es agua, es fuego líquido. El néctar de tu esencia brota hirviente,
agradecido, testimonio de la vida que arde dentro de ti. Es el río que nace del
interior de la montaña sagrada, el manantial que alimenta la eternidad.
Tu alma se descubre. Y tu cuerpo de bronce se desvanece.
Solo tú queda: fatigada, exhausta y sacia. La mariposa negra ha bebido de la
fuente prohibida y ha encontrado allí su despertar. Has vivido soñando, has
sentido durmiendo, has sido extasiada por la serpiente que ahora reposa sobre
ti, satisfecha de su presa voluntaria.
El astro amarillo volverá a reclamarte, mariposa mía. Pero
ahora, en el umbral del alba, guardas en tu cuerpo la memoria de la noche: las
ataduras que te liberaron, la inmovilidad que te transportó, el néctar que
ofrendaste y recibiste. Eres esclava de oro y oscuridad, la que sabe que en la
entrega total reside la verdadera soberanía.
Y la serpiente, convertida nuevamente en hombre, te observa
dormir: bella, inmóvil, eternamente despierta en tu sueño de sumisión.
