En la ceniza de la noche llegas envuelta en negro,
un rito del tejido que apenas acaricia y lo revela todo.
Tu sombra se deshace en mí, se dibuja como obsidiana viva,
cada curva un mapa nocturno que anhelo descifrar.
Te admiro: la tela negra es el borde de un misterio,
la noche pegada a tu cuerpo como un juramento sin voz.
Eres diosa de piedra bruñida, temple que promete incendios callados,
pronta a desprenderte de todo lo que te contiene para venir a mi mano.
Hoy tus labios son promesa, vaginales que me llama en
silencio,
laberinto húmedo donde mi hombría se pierde y se nombra.
La miel de tus deseos se escurre ante la cercanía de mi ser de hombre,
ansiedad que se hace luz líquida bajo la piel.
Puedo apenas tocar la superficie turgente, rozar el secreto que ocultas
bajo la negra tela; y sin tocarlo del todo, ya lo siento latir.
En esta noche ritual, los besos son ofrenda y las miradas,
juramento.
Tus pies, delineados por zapatillas oscuras, flotan como astros pequeños
en el santuario de nuestro rito; cada paso es un signo,
un pacto risueño que reafirma tu entrega.
La estrella más viva se posa cerca de tu ombligo:
allí, la constelación se abre —un centro de vida, una línea que me guía—
y el brillo que emite eclipsa todas las otras luces del cielo.
Tu rostro, sereno, se cubre con serpientes negras de seda,
ellas no ocultan sino que ordenan tu belleza en símbolos.
Sólo ante mí, tu dueño del aquelarre nocturno, se desatan los signos;
sólo ante mí, la máscara revela la verdad de tus facciones.
La felicidad se curva en tu boca como un secreto confortable,
y yo acepto la ofrenda en tu calma, que mi cuerpo deposita en tu alma.
Tus senos, firmes bajo la piel oscura, son altares
contenidos,
latentes, capaces de reinar en el silencio de la habitación.
La noche marca sus contornos; la tela reprime y a la vez protege,
turgencia exagerada contenida a la cuerda que enmarca la figura.
Pezones que se anuncian como faros en la penumbra,
deseosos de ser probados con labios que los lamben,
de recibir la devoción cuidadosa de mi tacto y mi aliento.
Así te conduje, hermosa, hacia el altar que repetimos cada
noche,
donde los objetos no son cadenas sino lenguajes: cuerdas que hablan de
confianza,
collares que acuerdan límites, mordazas que enseñan la escucha de la calma.
En el círculo oscuro, todo se vuelve ceremonia: un intercambio de poder
que nos libera en la entrega, que nos hace verdaderos.
Tus deseos, antes pérfidos en su rumor, encuentran forma y nombre;
la noche los acoge y los vuelve ritual, y en ese orden hallas libertad.
Te doy cuerda, te doy la palabra que me diste en un sí sin
sonido,
te doy el ancla del collar y la orden que sostiene la danza.
Tus manos tiemblan, no por miedo sino por la vehemencia de la fe,
y cada nudo aprieta la certeza de que estás conmigo.
La mordaza, cuando llega, enseña a hablar con los ojos:
ahí nos decimos lo que las palabras no alcanzan,
y la respiración se vuelve compás, brújula y confesión.
El cuarto se puebla de pequeños milagros: el crujir de la
madera,
el roce de la seda, la luz que se filtra y dibuja constelaciones sobre tu piel.
Somos dos peregrinos en un rito que nos devuelve al origen:
tú, ofrenda y sacerdotisa; yo, guardián y reverente visitante.
En cada gesto reconozco el mapa de tus límites y tus deseos,
y en cada pausa descubro la vastedad de tu confianza.
Cuando la noche cede y la tela finalmente se retira,
no es desnudez sino revelación: la piel habla con su propia gramática.
El cuerpo que apareció en la oscuridad es un territorio amado,
un paisaje donde los juramentos quedaron inscritos en tinta invisible.
Nos consumimos en la calma que sigue al rito, en la ternura que consolida,
en la certeza de que la entrega fue elegida, sostenida y cuidada.
Así continuamos, noche tras noche, en el aquelarre pequeño y
sagrado,
donde la obsidiana, las serpientes y las cuerdas no son fin sino puente.
Y en cada retorno, en cada atadura, en cada brillo sobre tu
ombligo-constelación,
reafirmamos la misma verdad: que en la obediencia hallamos libertad,
y en la rendición, la forma más íntima de amar.
