En el altar de la noche te presento,
diosa de alma encadenada y transparente,
tu divinidad se revela en cada gesto,
mientras tus anhelos se tornan fervientes.
Tu cuerpo voluptuoso, lienzo sagrado,
delineado por lazos de plata pura,
aprisionando deseos no guardados,
en una danza de ternura y tortura.
Tus senos hinchados, promesas divinas,
bajo la tela límpida que oculta
la pasión que en tus venas se origina,
mientras tu voluntad se anula y exulta.
Labios libidinosos, llamas encendidas,
ardientes por jugar en ritos santos,
donde el placer se convierte en vida,
y el dolor en éxtasis más cuantiosos.
Piernas descubiertas, torneadas, finas,
esculpidas en ébano oscuro y noble,
hambrientas de mis manos que las encamina
a un baile donde el deseo se hace doble.
En la noche silenciosa nos unimos,
solo tus gemidos rompen el silencio,
sonidos divinos que nos redimen,
en un pacto de amor y conocimiento.
Tu cuerpo desnudo en el altar de amor,
solo tus muñecas y tobillos dorados,
por cuerdas de oro, signo de esplendor,
mientras tus secretos van siendo revelados.
Alma y cuerpo unidos por la eternidad,
en esa cuerda de plata que nos ata,
al placer y a la sumisión con humildad,
en un abrazo que nunca deseas desatar.
Y al final, solo nuestras voces confiesan
el anhelo de querer más, de gozar sin cesar,
en este rito donde nuestras almas presencian
el éxtasis eterno de nuestro prohibido amor.
