Mariposa, yo te he encontrado en los senderos de mi
existencia, cual destello de luz que danza entre las sombras. Tu figura esbelta
se recorta contra el horizonte de mis anhelos, y cada encuentro se graba en mi
memoria como un sueño de posibilidades truncadas. Tu presencia, efímera y
delicada, despierta en mí un deseo tan profundo como los abismos del mar, un
anhelo que me consume desde las entrañas.
Al tender hacia ti el ruego de mis dos manos, mis dedos
ávidos de contacto, de caricia, de posesión, has volado cual pluma al viento,
escapando siempre en el instante preciso en que mis uñas casi rozan tu piel. En
ellas has dejado, como estela de tu huida, el perfume embriagador de tu
esencia, el recuerdo tibio de tu proximidad, un mechón sedoso de tus cabellos que
guardo como reliquia sagrada entre mis páginas de insomnio.
O quizás un jirón de tus vestidos, tela que aún conserva el
calor de tu cuerpo, el contorno de tus formas, la promesa de lo que podría ser,
pero nunca será. Tanto mejor fuera no haberte hallado nunca en mi camino, pues
tu ausencia constante se ha convertido en la única presencia real en mi vida,
en la única certeza en medio de tantas dudas que me corroen por dentro.
Por ser tu dueño en mis sueños, en mis fantasías más oscuras
y secretas, siento a veces que no soy dueño de mí mismo, que me he convertido
en esclavo de tu memoria, en prisionero de un deseo que me consume y me
redefine. Cada noche te imagino mía, entregada a mis caprichos, sumisa a mis
deseos, y a cada mañana despierto con el amargor de la realidad, con la
evidencia de que eres tan inalcanzable como las estrellas.
Toda esperanza se ha convertido en un engaño cruel, una
mentira que me repito para no sucumbir a la desesperación; todo deseo se ha
transformado en un martirio constante, una agonía dulce que me recuerda lo que
nunca podré tener. Mariposa, te vi de cerca, tan cerca que pude perderme en la
obscuridad de tus ojos, tan cerca que sentí el perfume de tu piel mezclarse con
el aire que respiraba, pero no pude hablar contigo, no pude formular las
palabras que mi alma gritaba.
Ya voy sintiéndome cansado de perseguirte, de este juego de
acercamiento y huida que me tiene al borde del agotamiento, de la locura.
Cuando en la orilla del camino me siento a ver pasar a muchos que hacia ti van y
yo no he ido, con la misma esperanza en sus ojos, la misma ansiedad en sus
gestos, me pregunto si no será mejor rendirse, si no será más sabio aceptar la
derrota.
Tal vez te atraiga mi reposo, mi aparente indiferencia, mi
displicente escepticismo frente a tus encantos. Tal vez mi resignada
indiferencia, mi corazón firme y tranquilo, se conviertan en el anzuelo que
finalmente te atraiga hacia mí. Mi desesperación te asusta, mi ansiedad te
repele; quizás sea necesario mostrarse sereno, distante, para que por fin te
decidas a posarte en mi mano.
Y, paso a paso, a mí te acerques, sin que yo llegue a
percibirlo, sin que mi corazón lata con la furia de siempre. Y, al fin,
sentándote a mi lado, hablar empecemos con la naturalidad de quienes se conocen
desde siempre, y tus labios pronuncien las palabras que tanto he anhelado:
"Mi Buen amante, te he esperado". ¿Será mejor el no buscarte? ¿Será
mejor el ser altivo en la desgracia y no sentirse juguete vil de tus caprichos?
Yo sólo sé que cuantas veces con más afán te he perseguido,
con más determinación he corrido tras tu figura escurridiza, más me acerco, y
tu más te alejas, más desdeñosa, huir te he visto. Cada esfuerzo por atraparte
se ha convertido en tu motor de huida, cada palabra de amor ha sido la señal de
partida para tu nueva escapada. Yo sólo sé, cuántas veces te he soñado mía, al
punto de hacerse realidad, cuántas veces tu imagen se desvaneció en el momento
preciso en que creía tenerla en mis brazos. Mariposa, te vi de cerca, tan cerca
que pude sentir el calor de tu aliento, pero no pude hablar contigo, no pude
decirte que te amo, que te deseo, que sin ti mi existencia no tiene sentido.
