En el sendero de mi existencia, tu figura se ha cruzado como
un espectro recurrente, Mariposa. Te he encontrado más de una vez en mi camino,
como un eco que resuena en los recodos de mi alma, una presencia que se
materializa y desvanece con la misma facilidad con que el sol se oculta tras
las nubes.
Cuando mis manos se extendieron hacia ti en un ruego
silencioso, cuando mi corazón se ofreció como ofrenda, tú huiste. Como un
susurro que se pierde en el aire, te desvaneciste, dejando en mis palmas
abiertas apenas un mechón de tus cabellos o un jirón de tu vestido, restos efímeros
de tu presencia fugaz.
A veces pienso que tanto mejor fuera no haberte hallado
nunca en mi camino. Como quien descubre un veneno exquisito, te he encontrado,
y ahora mi anhelo por ti supera toda razón, convirtiendo mi existencia en un
laberinto sin salida, donde cada recuerdo tuyo es un espejismo que me arrastra
hacia la desesperación.
Por ser tu dueño en mis sueños, siento a veces que no soy
dueño de mí mismo. Me has convertido en un esclavo de tu ausencia, en un
prisionero de tu recuerdo, en un náufrago que navega eternamente en las aguas
turbulentas de un amor imposible, un amor que me roba la propia voluntad.
Toda esperanza se ha convertido en un engaño, en una promesa
quebrada por el viento; todo deseo, es un martirio que consume mis entrañas. Como
un suplicio silencioso, tu ausencia se ha instalado en mi pecho, convirtiendo
cada aliento en un recordatorio de lo que podría haber sido y nunca fue.
Te vi de cerca, Mariposa, tan cerca que pude contar las
estrellas que brillaban en tus ojos; pero no pude hablar contigo. Las palabras
se quedaron atrapadas en mi garganta, como aves sin alas que anhelan volar
hacia ti, pero no pueden romper las barreras de mi propia timidez o de tu
indiferencia.
Ya voy sintiéndome cansado de esta persecución sin fin, de
esta búsqueda que me agota y me consume. Cuando en la orilla del camino me
siento a ver pasar a muchos que hacia ti van, cuál yo he ido, observo con
melancolía cómo otros emprenden el mismo viaje que me ha traído a este estado
de desolación.
Tal vez te atraiga mi reposo, mi displicente escepticismo,
mi resignada indiferencia. Quizás mi corazón firme y tranquilo, que ya no late
con furia como antes, se convierta en un imán para tu espíritu inquieto, y,
paso a paso, sin que yo llegue a percibirlo, a mí te acerques.
Y al fin, sentándote a mi lado, empezare a hablar como un
"Buen amante..." que suene como un suspiro de alivio. ¿Será mejor el
no buscarte? ¿Será mejor el ser altivo en la desgracia y no sentirse juguete
vil de tus caprichos? Estas preguntas resuenan en mi mente como campanas de una
iglesia abandonada.
Yo sólo sé que cuantas veces te he perseguido, te has
alejado más de mí, más desdeñosa, cuantas veces te he visto huir. Yo sólo sé
cuántas veces he soñado sin ti, cuántas veces Mariposa, te vi de cerca, pero no
pude hablar contigo... y en ese silencio se ha quedado mi vida, suspendida
entre el anhelo y la renuncia.
