En la vastedad del cosmos existencial, la vida se despliega
como un enigma sagrado, tan misteriosa y profunda como el amor mismo. Es un
misterio que nos envuelve con sus velos de incertidumbre, donde no acertamos a ver
el origen exacto de su comienzo, y mucho menos a vislumbrar el término de su
viaje infinito.
Existen instantes que marcan el destino con la fuerza de un
sello indeleble, momentos que se graban en el libro de la existencia con tinta
de eternidad. En un instante se produce el milagro del nacimiento, ese suspiro
inaugural que anuncia una nueva travesía por los caminos de la materia y del
espíritu.
Y en otro instante, quizás en el suspiro final, se produce
la partida, esa disolución misteriosa que nos devuelve al universo del que
emergimos. La vida y la muerte se entrelazan como los hilos de un tapiz divino,
creando el tejido mismo de nuestra existencia finita.
Eso es tan solo la vida, una sucesión de momentos que fluyen
como el río incesante que nunca vuelve atrás, como el agua que pasa bajo el
puente sin detenerse jamás. Cada instante es único e irrepetible, una joya
preciosa que brilla con luz propia antes de desvanecerse en la noche del
olvido.
Como el vaivén eterno de las olas del mar, los momentos
llegan a nuestras playas existenciales con su espuma de emociones y
sensaciones, para luego retirarse silenciosamente hacia el océano del pasado.
Vienen y se van con la misma naturalidad con que la luna crece y mengua en el
cielo nocturno.
Esos momentos que ahora constituyen tu presente, se convertirán
al instante en tu pasado inmediato, en recuerdos que te acompañarán como
sombras leales. Son los instantes que pueden hacer brotar lágrimas de pura
alegría, como manantiales que brotan de la tierra sedienta.
Y al momento siguiente, pueden sumergirte en las
profundidades del más abismal dolor, como un abismo sin fondo que se abre bajo
tus pies. En un instante puedes sentirte en la cumbre de la gloria, como una
diosa que contempla el mundo desde su trono de nubes.
Y al momento siguiente, puedes sentirte morir lentamente,
como una flor que se marchita bajo el sol implacable del destino. Esta es la
paradoja de la existencia, está es la danza vertiginosa de las emociones que
nos constituyen como seres humanos.
Es de sabios y de corazones iluminados saber disfrutar de
todos los momentos, ya sean de amor, de alegría o incluso de dolor. Porque cada
instante, cada sensación, cada sentimiento, es una manifestación de la vida
misma, una oportunidad para crecer y trascender.
Y si alguna vez lloras de pena, si alguna vez las lágrimas
amargas riegan tu rostro, disfruta tu llanto, pues significa que aún sigues
viva, que tu corazón aún late al ritmo del universo. Y ese momento infeliz, ese
instante de dolor, pronto se irá, como la noche que cede ante la luz del alba.
Por siempre mi Mariposa Negra.
