Te abracé y me abrazaste
con esa urgencia carnal
para encontrar el calor prometido
en el fuego del otro.
Tu cuerpo y el mío
dejaron de ser dos contornos
para fundirse en uno solo
donde los cuerpos desnudos sudan
y los límites se disuelven
como sal en la boca del mar.
Te acaricié en esta noche húmeda,
tenté cada relieve de tu cuerpo
como amante ciego
que lee con yemas de fuego
las montañas y los valles
de tu piel en cuerpo inédita.
Mis manos, tus manos,
entretejidas en un solo pulso,
se asoman inquietas
a los umbrales prohibidos,
tus pezones erectos
como dos centinelas despiertos
entre mis dedos que tiemblan
y aprenden acariciar.
Se abrió entonces tu caja de secretos íntimos,
ese cofre de madera oscura
guardado bajo siete llaves de carne,
y brotaron las palabras
que nunca te dije,
esas que dormían amordazadas
en la garganta de los años,
ahora libres, ahora salvajes,
corriendo desnudas
por el jardín de tu vientre.
Y entre tus piernas, nací,
otra vez, para bien,
como el río nace de la montaña,
como la estrella nace del polvo.
Tu cuerpo me abrasa
con esa llama antigua
que no consume pero transforma,
me derrites los huesos de hielo,
los miedos de cristal,
en este crisol donde me fundo
para renacer de ti,
dentro de ti,
para siempre por ti.
Tus manos en mi buscan
ese animal que llevo dentro,
la bestia de pelaje oscuro
que gruñe y se manifiesta
en la jaula de tus pasiones.
Lo despiertas con uñas de luna,
lo sacias con bocanadas de tu aliento,
y solo quiero estar sobre tu cuerpo
tendido, como orquídea al sol,
inmóvil en la piedra caliente,
bebiendo tu licor de la eternidad
al calor de tu vientre interior.
Siento las brasas de tu cuerpo,
de qué materia candente estás hecha,
de qué volcanes inactivos,
de qué soles apagados.
Eres el fuego original
que danza sin quemar,
el horno donde se fraguan
nuestras almas desnudas.
Quiero apagar tu fuego
con mi sed redentora,
y apagar ese fuego interno
hasta el último grano de ceniza.
Tu cuerpo brilla
con esa claridad secreta
que solo los amantes ciegos
pueden ver con las manos.
Se abren sobre mí
tus grandes alas de sombra y luz,
mariposa que vuela horizontes
en los que deseo perderme
como estrella nocturna fugaz
que en tu interior se pierde cada vez más.
Y sólo deseo estar sobre ti,
eternamente abrasándote,
consumiéndome en tu altar,
ofrenda viva
en el templo de tu cuello,
sacrificio dulce
en el altar de tu vientre,
donde el tiempo se detiene
y el reloj aprende
a latir al compás
de pasiones terminadas en paz.
Así quedaré,
grabado en tu piel
como el río en la montaña,
como el fuego en la memoria,
nacido de tus profundidades,
muerto en las dulzuras de tu ser,
resucitado en cada amanecer
y así en infinitas noches estrelladas
hermosa bruja vivirás, en todas mis alboradas.
